“Yo no tenía compromisos porque nunca cobré chayote, y en ese sentido, no tenía ningún problema en hacerlas. Era muy divertido”.
Le gustaba arriesgarse en su época de reportera. Incluso se involucró en varias causas, como cuando Teziutlán fue devastado tras una temporada de lluvias en 1999.
El drama se lo tomó personal, y se metió a ayudar en la zona. Se dedicó a llevar alimentos y cobijas.
“Porque también es una cuestión humana. Te involucras con una realidad periodística, pero también eres ser humano y estás viendo ahí que esa gente tiene una necesidad concreta.
“Todo eso a mí me cimbró mucho, sobre todo porque entre las víctimas había muchísimos indígenas muy pobres”.
Fue una experiencia que la marcó.
“Porque el hambre es terrible, y en aquellos días y semanas que duró la contingencia, la tragedia, escuchábamos historias terribles. Hubo muchos muertos. Yo pasé como tres días sin dormir y sin comer. Y lo volvería a hacer mil veces."
Así vivió el 2006
Le preguntamos cómo vivió aquel año en que AMLO mandó al diablo a las instituciones. Con discreción, prudencia y angustia, dice, porque fue “una embestida muy fuerte” contra su pareja y contra el movimiento. Defiende, como era de esperarse, el plantón de Reforma.
“Ahora que lo veo a distancia me llama la atención lo que decían en aquellos días: ‘¿Pero cómo se le ocurre hacer el plantón de Reforma a ese señor? ¿Qué le pasa? Llama a la violencia’. Y no. Al contrario. La violencia se evitó a través del plantón de Reforma.
“Ojalá mucha gente lo entienda así, sobre todo cuando hubo elecciones tan fuertemente cuestionadas”.
Y, por supuesto, asegura que nunca se podrá saber la magnitud del fraude.
“No se permitió el voto por voto, como debía de ser para que se hubiesen disipado las dudas. Mucha gente estaba enojada.
“Fue como si entran a tu casa, te roban, te despelucan tu sala, tu televisión, tu video, lo que sea, y cuando ya te robaron, no te puedes ni quejar. Y si te quejas, te acusan de violento. ‘Es usted un violento, señor’. Y si no te quejas: ‘Es usted un palero. Mira nada más, no tiene pantalones’.
“Fue una decisión muy difícil, y yo creo que ayudó mucho el hecho de contener a toda la gente, que eran miles. No solo en la capital, en todo el país. Miles. Y todos enojados por el resultado electoral fraudulento”.
Es evidente que este tema la marcó. Los recuerdos la acompañan y quiere compartirlos. Recuerda una encuesta de aquel entonces que vaticinaba la violencia.
“Me acuerdo de una (encuesta) de Mitofsky. Decía que había alrededor del 12 por ciento dispuesto a acudir a otras vías no pacíficas para buscar una justicia electoral”.
Y por eso defiende la decisión de su esposo, aun a sabiendas de que puso en duda su reputación. En su opinión, lo hizo para detener a un “pueblo enardecido”.
Fue una decisión difícil que tuvo un precio, dice.
“Un precio que se sigue pagando. No fue fácil, porque había evidencia de fraude. Por ejemplo: hubo casillas de Nuevo León en donde había solo 650 electores y acababan votando mil 200. Y son datos oficiales del IFE. Nada más por eso, la casilla tendría que haber estado en duda, pues formó parte de todo un criterio electoral.
“Si tú traías una calcomanía de López Obrador, te ponchaban la llanta. Fue un asunto muy difícil de sobrellevar. Vino el plantón, y pues lo vivimos con mucha angustia. Porque tú no sabes hasta qué punto el dirigente puede de verdad controlar a toda la gente.
“Yo me acuerdo mucho de una carta que le escribe Madero a Porfirio Díaz cuando está preso, una vez hecho el fraude.
“Madero le dice: ‘Usted me pide que yo apacigüe a toda la gente que está por el Sufragio Efectivo, No Reelección. Pero yo no puedo controlarlos a todos, y usted va a ser responsable de que la gente, por su propia cuenta, haga manifestaciones’.
“Es una carta bellísima que le escribe a Porfirio Díaz, al punto que éste se ve obligado a renunciar en los Tratados de Juárez. Lo recordarás: en mayo de 1911. Yo no quiero que lleguemos a eso. Éste es un movimiento pacífico”.
En aquel momento de 2006, como en muchos otros, comentaba todo con Andrés Manuel.
“Siempre comentamos. Siempre comentamos”, dice. Y, claro, ella lo aconsejaba, como lo hacen todas las parejas.
Y, por supuesto, tuvo miedo.
“Porque tú no sabes quiénes del otro lado están enfurecidos, tanto que quieran actuar de una forma poco convencional”.
No recuerda actos de hostigamiento contra ella, pero sí que la perseguían los fotógrafos, y la espiaban. Le interceptaban el teléfono. Lo recuerda un poco burlona.
“Entonces, ¿cómo pueden pedir legalidad ciertos personajes o ciertas entidades si ellos simplemente están violando la Ley? Violan tu derecho a la privacidad.
“Y me da risa porque tampoco una es tonta para decir por teléfono algún tema de una enfermedad o algún secreto”.
Ella no pernoctó en Reforma. Permaneció en su casa, en un departamento en la Colonia del Valle. No en una casa en la Toscana, ni en ninguna residencia de Puebla. Ni en un castillo en España.
“El que nos lo compruebe, se lo regalo. Porque la verdad es que yo solo tengo ese departamento, donde vivimos con mucho orgullo y mucha dignidad”.
La leyenda negra de que Andrés Manuel era un peligro para México la ayudó a ser más precavida. No cree que regrese el tema. Son otros tiempos.
“Ya no pegan esas cosas. Ya no pegan. Ya no. La gente está mucho más despierta.
“Desde luego que nunca falta el incauto que siga creyendo las leyendas negras, ¿no? Aunque al mismo Jesucristo lo acusaron de brujo, de encantador, de sacar los demonios. Decían que se la pasaba comiendo, que no era hombre de provecho.








