Dicen que en política, lo que se ve no es lo que es. Y que hay que buscar, analizar, interpretar, leer entre líneas para medio dibujar la realidad.
Y eso parece estar sucediendo en la recta final de la elección presidencial 2012. Lo que dicen las encuestas está bajo la sombra de la duda, y lo que declaran los candidatos está sobreofertado.
Pero aun en este final de tercios, como lo definió el presidente Felipe Calderón, las aguas electorales todavía pueden ser agitadas y los números modificados. La moneda sí está en el aire.
Las consecuencias de la captura del hijo de “El Chapo” o la inminente consignación de los priistas Tomás Yarrington y/o Eugenio Hernández podrían alterar el curso final.
También la investigación de los 56 millones de dólares presuntamente perdidos en la campaña priista o la decisión definitiva sobre el arraigo por vencer del general Tomás Ángeles.
Ésas, más las que se acumulen la semana próxima, prometen ser el digestivo con el que se cierren las campañas en la antesala del primero de julio.
Una antesala que está brillando por las sorpresas de último minuto que desafían a toda lógica política.
¿Quién podría pronosticar que la ventaja invencible de Enrique Peña Nieto se iba a diluir para terminar en una elección de dos o de tres, como se le quiera mirar?
¿Alguien hubiera apostado a que Vicente Fox fuera a terminar vestido de camisa roja, depositando todo su capital político en manos del candidato del PRI al que tanto combatió?
Y en el Distrito Federal, ¿imaginaba alguien que con Beatriz Paredes y la señora Wallace, la elección para jefe de Gobierno iba a resultar un día de campo para Miguel Mancera?
¿Era de esperarse que la candidata tricolor al gobierno capitalino, una priista con carisma, talento y experiencia, que buscaba el cargo por segunda ocasión, se deslizara de más a menos en las encuestas?
Y en Nuevo León, ¿alguien apostaría que Peña Nieto declinara tener un cierre de campaña en la tierra que gobierna –es un decir– su amigo Rodrigo Medina y donde su compadre Felipe Enríquez busca afanosamente la Alcaldía de Monterrey?
¿Veía alguien que en el Monterrey filo-panista, el candidato de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador, cerraría campaña con una Macroplaza abarrotada y de la mano de empresarios que algún día lo combatieron?
Ni qué decir de Jalisco. ¿Era de esperarse que el candidato panista Fernando Guzmán se desplomara al tercer lugar en una entidad gobernada por su partido?
¿Imaginaban que desde la casa presidencial y con el aval del gobernador Emilio González se le iba a proponer al candidato del PAN que declinara a favor del candidato del Movimiento Ciudadano?
¿Alguien podía pronosticar que el punterísimo priista Aristóteles Sandoval iba a terminar en un cerrado final con Enrique Alfaro?
Por eso es importante asomarse a los seis estados en donde por matemática y por jaloneos territoriales podría terminar de definirse la elección del próximo domingo primero de julio.
Para que nadie se diga sorprendido de lo que en su momento las encuestas no detectaron, porque las decepciones y las dudas ciudadanas acabaron escondidas bajo el cajón de los indecisos. Y ésos son los que al final del día decidirán.








