No importa cuántas decepciones nos de o nos haya provocado el Tri porque es un hecho que cada vez que nuestra selección nacional de fútbol salta a una cancha todos los mexicanos nos ponemos la playera.
No importa cuánto de demente parezca la cuota de medallas en comparación con un mundo que se está reajustando. Como en la vida, como en la política, como en la economía, en los Juegos Olímpicos también todo puede pasar: obsérvese la paliza de la grandeza de Francia al equipo de natación estadounidense que todos dábamos por campeón.
¿Qué nos toca a nosotros como mexicanos en esta curiosa evolución donde todo quiere decir algo y donde las medallas son en cierto sentido el testimonio de los pueblos que van hacia delante y que van hacia atrás?
Si observamos y recordamos, hasta hace muy poco Estados Unidos siempre ocupaba la primera posición de las preseas, alejado del resto de los países. Hoy, el primer lugar se lo disputa con China, que demuestra la fortaleza que tienen sus competidores.
En cuanto a México, la plata siempre ha estado ligada a este país, aunque seamos un país de oro, de hecho, de diamantes. Sin embargo, con un poco de plata nos sentimos contentos, nos conformamos y de eso se aprovechan nuestros gobernantes.
¿Ustedes se acuerdan de aquel candidato bien parecido que iba nada menos que a competirle a Felipe Calderón Hinojosa en nombre del Partido Verde Ecologista –ese mismo que le acaba de meter un cinco por ciento de puntos electorales al cuasi presidente Enrique Peña Nieto–, llamado Bernardo de la Garza?
¿Ustedes se acuerdan que era amigo personal del presidente Felipe Calderón? ¿Ustedes se acuerdan que estuvo en los faustos del bicentenario y que salió bien librado pese a su afición por los relojes digitales de compra directa sin necesidad de concurso?
Pues él es, ni más ni menos, quien tiene que reconciliarnos con nuestra autoestima mexicana a través de la obtención de las tan anheladas medallas olímpicas.
¿Se puede ser atleta de primera con una administración deportiva de tercera? Le veo muy difícil.
¿Por qué los clavadistas mexicanos son los únicos que hasta este momento nos dan alegrías? Considero que esto sucede porque son casi como una metáfora de nuestra vida: nos tiramos de clavado frente a cualquier problema. El problema es que quienes fallan son ellos, el gobierno, y quien acierta es nuestro pueblo.
¿Por qué hablo de esto ahora? Porque le vendría muy bien al cuasi presidente Enrique Peña Nieto estudiar muy bien la fábula de las medallas y la política y no conformarse ni jugar con las aspiraciones de un pueblo que -le hagas lo que le hagas-, siempre te va a seguir, pero que puede llegar un momento en el que despierte y se de cuenta que mientras lo engañan con el bronce o lo atontan con la plata, él se merece el oro.
¿Cuál sería el oro de la olimpiada de la convivencia nacional? Dejar de seguir echándole al ventilador de la porquería más material e integrar a los que no se sienten representados.
Es hora de que suene el himno nacional para que el cuasi presidente electo se coloque una medalla de oro que será la de la reconciliación nacional. ¿Será que Peña Nieto quiera ganar esa olimpiada y no se equivoca, como ya le pasó a Felipe Calderón, en poner como responsable al frente del Comité Olímpico a un amigo?








