Sin embargo, este acuerdo lejos de generar certidumbre para el inversionista, tan solo retrasa unos meses más las decisiones de todos.
Quien no invirtió en el 2012 por miedo a los impuestos y recortes que el gobierno federal impondría, difícilmente lo hará en estos dos meses siguientes.
En el corto plazo es posible que el golpe no se sienta tan fuerte en México por que la nueva recaudación que aceptaron los legisladores provendrá de los estadounidenses más ricos.
El sector inmobiliario, estrechamente ligado con las remesas hacia México, también se ha mantenido a flote por expansiones monetarias de la reserva federal, pero estas no pueden garantizar que seguirá así.
Los nuevos impuestos solo pagarán por unos meses los recortes al gasto que iniciarían en enero y no serán suficientes para cubrir la brecha deficitaria.
Es decir, a finales de febrero la situación será similar a la vivida en año nuevo, y tal vez no tenga un desenlace tan favorable para los mercados financieros o la economía mexicana.
Hasta entonces, México tendrá que continuar viendo desde fuera la telenovela que podría definir su futuro económico.
¿Tendrá un final feliz?
Drama político de año nuevo
Por Rodrigo Villegas
México no es el único país en donde los acuerdos legislativos urgentes se dejan para el último momento. En Estados Unidos, el acuerdo parlamentario para evitar el denominado precipicio fiscal llegó 17 meses después de lo esperado.
Justo unas horas antes de que abrieran los mercados financieros por primera vez en 2013, la Casa Blanca y el Congreso aprobaron un acuerdo para prevenir el abismo fiscal.
La discusión pareció eterna y estuvo llena de contratiempos. Desde 1940 no había sucedido que un Congreso se encontrara tan divido como el que votó a favor del acuerdo en las últimas horas del pasado primero de enero.
Las negociaciones entre Demócratas y Republicanos iniciaron en 2011 cuando entró en discusión el “techo de deuda” .
En ese entonces el presidente del congreso, el representante republicano de Ohio John Boehner, inició una serie de pláticas con el presidente Barack Obama con el objetivo de alcanzar un acuerdo para elevar el límite de deuda.
Obama también intentó negociar una reforma fiscal que incrementaría la carga tributaria a los más acaudalados.
Tras meses de negociaciones el líder republicano dejó la mesa de acuerdos acusando a Obama de mal negociador y de querer sacar ventaja política. El presidente se montó en una campaña para desacreditar a los Republicanos, acusándolos de falta de voluntad política para lograr consensos.
En víspera de las elecciones presidenciales del pasado 6 de noviembre, el Congreso y la Casa Blanca pospusieron el debate para finales del 2012.
Cuando se esperaba que la batalla más fuerte se diera entre Demócratas y Republicanos, sucedió lo inevitable.
Con los reflectores mundiales sobre ellos, las dos facciones políticas de Estados Unidos fueron sometidos a enormes presiones mediáticas. Pronto los desencuentros entre políticos del mismo partido comenzaron a darse.
La principal diferencia radicaba en cuál sería el rango de ingreso de los ciudadanos que estarían obligados a pagar más impuestos.
En campaña Obama propuso que todo aquel que ganara más de 250 mil dólares anuales, debería pagar un poco más al fisco. La contrapropuesta de los Republicanos inició en que se diera a partir del millón.
Algunos llegaron a pensar que tanto Demócratas como Republicanos estaban dispuestos a dejar que los impuestos para la mayoría aumentaran, y que con la llegada del nuevo Congreso –hoy se instaura el 113 Congreso de los Estados Unidos– sería posible revocar el proceso y aprobar otra ley.
Para el 31 de Diciembre, cuando las negociaciones estaban en su peor momento, dos veteranos salieron al rescate de un acuerdo.
El vicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden, quien legalmente es el presidente del Senado, y Mitch McConnell, líder de la minoría republicana, hicieron uso de una añeja relación de camaradería para pactar un acuerdo.
Biden fue llamado por los republicanos para negociar con él directamente, ante lo que consideran “falta de compromiso” y “mala fe” del líder de la mayoría demócrata en el senado, Harry Reid, ya que no tuvo la habilidad para acordar con los republicanos.
El experimentado senador por Nevada tuvo que ser relevado por el negociador por excelencia del presidente Obama. Sin embargo, a unas horas del año nuevo, Biden convenció a los senadores durante una encerrona en el Capitolio. Posteriormente los senadores terminaron por aprobar el acuerdo en el que 0.7 por ciento de la población vería un incremento sus impuestos.
El acuerdo fue que todo ciudadano estadounidense que tuviera ingresos por encima de los 450 mil dólares anuales, sería sujeto a un incremento en el gravamen. De esta manera, el país recaudaría 620 mil millones de dólares anualmente, y el gobierno se comprometería a reducir el gasto en 12 mil millones de dólares.
El siguiente paso fue turnar a la Cámara de Representantes el acuerdo para su aprobación.
Fue el primero de enero del 2013 cuando el drama político que parecía haberse superado acaparó la atención del mundo. Los mercados que se encontraban a horas de abrir daban muestras de nerviosismo.
La mayoría republicana en la Cámara de Representantes, liderados por Eric Cantor y Kevin McCarthy, daban muestras de que cabildeaban para que la ley no fuera aprobada.
El presidente, que había interrumpido sus vacaciones familiares en Hawái, ordenó al vicepresidente Biden que intentara convencer a los representantes en un último intento por conseguir el acuerdo.









