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La nueva izquierda

La izquierda está ante un momento de oro: es la segunda fuerza política. Puede condicionar completamente la agenda que marque los cambios constitucionales y ayudar a construir un programa hacia el futuro.

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Desde que Agustín Lara quiso conmover a María Félix con aquello de “acuérdate de Acapulco”, México –específicamente su izquierda– no había tenido en el puerto mexicano un encuentro tan determinante para su futuro.

Solo que esta vez no se podrá acabar diciendo “acuérdate de Acapulco”, Andrés Manuel, porque él no asistirá.

Será el 15 de agosto cuando todas las izquierdas, las que están dedicadas a los asuntos terrenales y no de los cielos, se reúnan en Acapulco, Guerrero.

Acudirán todos los gobernadores que –aunque sean panistas, como es el caso de Rafael Moreno Valle, de Puebla, o priistas, como Aguirre y Malova– llegaron al poder de una manera o de otra, como muestra de lo que puede significar una alianza política con el PRD.

La izquierda está ante un momento de oro: es la segunda fuerza política. Puede condicionar completamente la agenda que marque los cambios constitucionales y ayudar a construir un programa hacia el futuro.

O bien, puede dedicarse a pagar en lo oscurito los gastos del testimonio y vivir en la esquizofrenia –como en los seis años anteriores– de tener que dirigir en el día los gobiernos y los estados que ganó, negando por la tarde su relación con el poder federal.

La izquierda se redefine, se la juega en esas reuniones, y en todo lo que haga a partir de aquí. Por eso es muy importante que el Tribunal Federal Electoral, cuando proclame a Enrique Peña Nieto presidente electo de México, tenga en cuenta a los políticos, aunque naturalmente ninguno intervendrá en dicha decisión, nada más eso faltaba.

Sería un gravísimo error hacer ese nombramiento antes de que se constituyeran las cámaras. Sería la razón perfecta para volver al enojoso, triste y vergonzoso espectáculo de tomar las tribunas para –a través del ruido– retrasar de nuevo la normalización de la vida del país.

Hay una izquierda que lucha contra la injusticia permanente y arrastra, desde que exhibieron a Jesucristo en la cruz, las consecuencias de que éste sea un mundo injusto en el que, como dijo el propio Salvador del hombre, “siempre habrá pobres”. Y existe otra izquierda que se presenta a las elecciones para ganar y luego administrar los presupuestos que le dan.

Mención especial merece Miguel Ángel Mancera, quien tiene el logro histórico de haber obtenido la votación más alta para un cargo de elección popular –incluso desde que los votos no se contaban, sino que las elecciones se amañaban para alcanzar el 101 por ciento del electorado, porque hasta los muertos votaban en la Secretaría de Gobernación–.

A partir del 5 de diciembre, Mancera gobernará una gran ciudad, la más importante, la más representativa del país. Y es muy relevante saber si la gobernará por el espejo retrovisor, dando lo que pudo ser y debió ser, pero no fue, o bien si logra que para la siguiente elección sea imposible comprar votos con el hambre y la ignorancia de nuestro pueblo.

El mar profundo de las consecuencias de esta lucha no se queda en el PRD de los Bejarano y Los Chuchos, sino que también afecta a otros grupos, como el Movimiento Ciudadano.

El día 15 de este mes –sin Andrés Manuel López Obrador en Acapulco rindiendo homenaje a la política de las alianzas que devolvió la esperanza y el poder a la parte de la izquierda que ganó gobiernos antes del primero de julio–, la izquierda se juega su vida, y lo que es más importante, su condición de objeto testimonial del pasado o de estructura eficiente que puede construir el futuro.

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