Fueron años de drama, de emoción y epopeyas. Los últimos seis fueron los años de: “Y México salvó al mundo”.
¿Se acuerdan cuando el expresidente Calderón acabó con la epidemia de la influenza, que podía matarnos a todos?
Desde hace mucho tiempo, siempre en enero, todos los embajadores mexicanos y cónsules se reúnen en el Palacio Nacional. El presidente de turno desgrana entonces su relato respecto a lo que vive, y lo que será la política exterior del sexenio.
Es imposible entender la política mexicana si uno no sabe que en el primer año de cada gobierno se escribe la historia: la grande, la pequeña, la mediana, lo que pasará y lo que no.
Por eso, en el discurso de Peña a sus embajadores y cónsules, hay algo que me llama la atención. El presidente está invirtiendo mucho en la imagen de México. Lo hace con la idea de insistir en lo único que es verdad en el mundo moderno: la política y la economía son, sobre todas las cosas, cuestión de percepción.
Peña desea que el mundo perciba a México como un país en busca –sin dramas–de su lugar en el siglo 21. Por eso, después de hablar durante años de la guerra contra el narcotráfico, de los cárteles, de los 100 mil muertos, de la “guerra no guerra”, lo importante ahora es saber si nuestro héroe se llama Ildefonso Guajardo, titular de Economía.
Me explico: el mayor problema que tiene en este momento la vacilante y fundamental relación económica con nuestro primer cliente y socio, Estados Unidos, es que, en ese cáncer de nacionalismo que carcome a la primera democracia del mundo, el tomate fue una víctima necesaria de la campaña de reelección de Barack Obama.
La mayor parte del tomate que comen los estadounidenses se produce en México, y eso lleva aparejada toda una industria auxiliar, desde Arizona hasta Nuevo México, pasando por California, que crea más puestos de trabajo.
Pero vea usted que en la guerra entre ricos y pobres, para gloria de algunos, de quienes más apostaron por Mitt Romney y por Barack Obama, también se determinó que era tiempo de acabar con el tratamiento al tomate mexicano para el consumo nacional estadounidense.
Y ahora, viendo a un Peña que gasta bromas a José Antonio Meade, su canciller (“espero que le traten mejor de lo que usted trató a los diplomáticos hace un año, cuando era secretario de Hacienda”), me viene a la memoria la visión que estamos dando hacia dentro, y por lo tanto, hacia fuera. Una visión que tiene rojo, pero no el de la sangre. Tiene metal, pero no solo el de los cuernos de chivo, sino el de los tráileres, y unos héroes que, además de llamarse García Luna, tienen ahora la misión, como pasa con Guajardo y los suyos, de lograr que el tomate que consumen en Estados Unidos siga siendo mexicano.
Estamos en otro país. Quiero creer que es para bien. Lo único que es cierto es que los mensajes que emitimos, hacia dentro y hacia fuera, son completamente distintos. Falta ver si de verdad son constructivos y realizadores de políticas.
Una última observación que no se hizo, pero que contará, apúntelo bien: la brasileña Petrobras, el modelo de Peña Nieto para solventar lo energético, tiene algo que, en principio, podría venirles mal a quienes creen que son la orgía privatizadora, porque, a la hora de la verdad, servirá para adornar al monstruo de los sindicatos petroleros. Petrobras ha pasado los últimos años explicando las consecuencias del populismo y ahora, en una inteligente reforma que ya viene, se ajustará, que es lo que vamos a hacer exactamente con Pemex.
Hoy México, a través de la energía y el tomate, pretende alejarse rápida y furiosamente de la época en que éramos conocidos solo por ser el país que lograba superar su propio récord de muertos por violencia, mes tras mes.








