Felipe Calderón no tiene calidad moral para llamar a la refundación del PAN. Y no la tiene porque fue él mismo quien lo refundió.
Lo hizo desde 2006, cuando en su campaña presidencial pactó con un PRI que se convirtió en su garante para vestir la banda presidencial. Y fue parte de esa banda.
Ese compromiso lo secuestró por seis años. A pesar de la evidente corrupción de varios mandatarios estatales, el segundo presidente “panista” fue impotente para enfrentarlos. A nadie pudo llamar a cuentas.
Impuso a Germán Martínez como dirigente y transformó la casa presidencial en la sede nacional del PAN.
El hijo de don Luis Calderón, el prohombre fundacional de Acción Nacional, sofocó la democracia interna de su partido. Y adoptó el cuestionado dedazo priista para imponer a sus candidatos a gobernadores y diputados en 2009.
Al despacho presidencial eran citados los precandidatos no para dialogar, sino para recibir instrucciones de quién sí y quién no tenía el favor del Señor Presidente.
Pagó caro su error. La debacle política en las urnas fue de proporciones descomunales. Lo ganado en el año 2000 y magramente refrendado en 2006 se fue por la borda. Germán Martínez salió por la puerta de atrás.
Pero tozudo como es, Calderón hizo un diagnóstico a modo y volvió a salirse con la suya. Le dio las llaves del PAN a Germán Martínez, quien apenas salvó cara con las alianzas que pactó con la izquierda para sacar adelante Oaxaca, Puebla y Sinaloa.
El PAN perdía posiciones y se desgastaba aceleradamente. La confrontación con Vicente Fox y Manuel Espino encendió más los ánimos. Y al hombre del poder le faltó generosidad para negociar la unidad.
Calderón volvió a insistir en imponer al presidente del partido, ahora a Roberto Gil Zuarth. Pero los panistas ya no estaban dispuestos a endosarle un voto más de confianza.
Gustavo Madero se impuso, y ya instalado en la dirigencia nacional, le pretendieron fijar la agenda para 2012. No se dejó.
El presidente nuevamente fue derrotado cuando pretendió imponer a Ernesto Cordero como su candidato presidencial. Los albiazules le dieron la espalda y prefirieron a Josefina Vázquez Mota.
El berrinche presidencial fue evidente, y la falta de respaldo a la candidata también. De no ser por la presencia muy personal e institucional de Margarita Zavala en la campaña de Josefina, en Los Pinos se hacían los desentendidos.
Parecía que Calderón apostaba en contra de su partido y de su candidata. Por omisión o complicidad, terminó devolviéndole al PRI las llaves de Los Pinos. Como pagándole el favor que le hicieron en 2006.
Por eso, cuando vino la más estrepitosa derrota en la elección presidencial del pasado julio, Calderón no tenía cara para exigir cuentas. Las clases medias le dieron la espalda.
Ahora, tras la reunión que tuvieron los panistas el fin de semana para buscar la refundación de su partido, el presidente pretendió asestar un nuevo golpe de Estado a Gustavo Madero. Y falló.
Desde su nueva escafandra de “Calderón a secas”, pretendía que se acelerara para antes de diciembre una convención que desconociera al chihuahuense. Quería volver a instalar a uno de los suyos en el partido. No lo dejaron. Se la aplazaron para el próximo año.
A los panistas les queda claro que su principal lastre se llama Felipe Calderón. Sin capacidad de convocatoria ni entre los suyos, busca en vano rescatar su juicio con la historia.
Por desgracia, el presidente terminó asfixiado en su propio discurso. Aquel que decía que había que ganar la Presidencia sin perder el partido. Perdió ambos, y lo que es peor, se perdió a sí mismo.








