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Caro Quintero, preso modelo

En Puente Grande el periodista Jesús Lemus llegó a ser vecino de celda de este legendario narcotraficante. Según detalla Lemus, el día de Caro Quintero comenzaba muy temprano –más que el de cualquier otro interno– para limpiar su celda hasta dejar lustrado el piso. Era el reo más respetado

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Nunca lo vi quejarse o lamentar su condición de preso, como era común en varios de los internos de ese centro federal
"Por eso no me gusta jugar, Y en cualquier juego siempre hay un alto riesgo de perder”
Caro Quintero
Desde finales de 2012 la agencia lanzó una alerta sobre las actividades ilícitas de Caro Quintero y puso su imagen en la lista de fugitivos

Siempre fue un preso modelo. Era el interno al que mayor respeto le tenían todos los reos federales que convivían en el módulo uno, en el pasillo 2-B. Rafael Caro Quintero se despertaba todos los días en punto de las cinco de la mañana, aun cuando el primer pase de lista estaba programado siempre para las seis. Yo lo conocí allí.

Su día comenzaba muy temprano, más temprano que el de cualquier otro interno de los que estábamos en aquel pestilente pasillo. 

Desde las cinco de la mañana comenzaba a hacer la talacha (el aseo) de su celda y no paraba hasta que dejaba lustrado el frío piso de concreto con aquella franela azul de 20X40 centímetros que se vendía en la tienda del módulo y que él cambiaba en forma periódica al menos una vez cada mes.

“Lo más importante de toda persona” lo llegué a escuchar decir en alguna plática de celda a celda, “es la limpieza”. 

“Ni siquiera la cárcel puede justificar que no tengamos un espacio bien aseado para vivir. Como presos, lo único que nos queda es la dignidad, y la dignidad nos la debemos dar nosotros mismos, teniendo un espacio limpio para vivir”.

Esos eran los diálogos de Rafael Caro dentro de la prisión. 

Nunca lo escuché hablar sobre temas de delincuencia. Su mundo –dentro de aquellas altas paredes de Puente Grande– pocas veces lo compartía con alguien más. 

Siempre trataba de estar solo. Se aislaba en algún punto del patio en donde se pasaba los pocos minutos que se permitían al aire libre, siempre rumiando sus pensamientos, un pensamiento que con nadie compartía y al que nadie era capaz de entrar.

Siempre se sentaba solo. Había una banca al sol que rutinariamente la ocupaba él, y en consecuencia ninguno de los presos se atrevía usar, esa banca la bautizó él mismo como “la oficina”. Ese era su lugar favorito en aquel reducido patio del módulo Uno del Cefereso de Puente Grande, en donde pasó la mayor parte de sus ratos al aire libre durante los días de diciembre del 2008 hasta finales de mayo del 2010.

En “la oficina” se sentaba y comenzaba a masticar los pensamientos que sólo él sabía de dónde venían y a dónde iban. 

En pocas ocasiones se tomaba la licencia de hablar a alguno de los presos que caminaban por el patio, con la intención de platicar sobre algún tema en particular. Todos de manera gustosa acudían a la invitación a “la oficina” para sentarse a platicar con aquella leyenda.

Le gustaba hablar de historia. Se adentraba en los diálogos que pretendía desmarañar la rueda de los hechos históricos de México, los que se dieron después de 1910. 

Le apasionaba hablar de la revolución mexicana y de la época del maximato, en donde él aseguraba que se había forjado la verdadera identidad nacional. Pero tampoco despreciaba temas históricos más recientes, principalmente lo que se derivaron en el marco de la guerra fría entre Estados Unidos y la URSS.

Comenzaba temprano su día. Luego de la talacha era infaltable el saludo cordial y armonioso que comenzaba a prodigar desde su celda –la número 150 del pasillo 2B–, que para la mayoría de los presos de aquel pasillo era su despertador, dado que la ronda de saludos comenzaba quince minutos antes del pase de lista.

“Hay que tener el decoro de una celda bien aseada”, decía Caro Quintero en forma frecuente. 

“Para que los oficiales que pasan la lista vean que tenemos la dignidad suficiente. Es la única forma de ganarnos su respeto”, insistía.

Esa era su forma de motivar al resto de los presos de aquel pasillo.

Ese era su constante llamado para que todos los presos de aquel pasillo mantuvieran una actitud digna ante aquellas condiciones de oprobio que se sentían todos los días, apenas comenzaba el pase de lista y que no cesaban hasta entrada la noche, con el ultimo conteo oficial de internos.

Los pases de lista dentro de la cárcel eran cuatro: a las seis de la mañana, a las nueve de la mañana, a las tres de la tarde y a las nueve de la noche; pero Rafael Caro Quintero estaba sujeto a dos pases de lista más en el transcurso del día: a las once de la mañana y a las seis de la tarde, lo que hacía que con frecuencia interrumpiera las escasas actividades que se permitían en aquel encierro constante. 

A pesar de ello, nunca lo vi quejarse o lamentar su condición de preso, como era común en varios de los internos de ese centro federal.

Con el peso de los años en la espalda

Siempre era el primero en lavar su charola y estaba atento a las indicaciones de los oficiales.  No le gustaba la sobremesa y tenía buen humor

Cuando lo conocí, el 30 de Noviembre del 2008, una vez que yo fui asignado en la celda 149, a un lado de donde él habitaba, vi a un Rafael Caro Quintero con una apariencia de más años de los que tenía. 

Poco quedaba de aquella imagen que nos metió hasta el cansancio la televisión en nuestro pensamiento cognitivo. Ya no era el Rafael de ondulado cabello negro y bigote caído. Ahora tenía el cabello casi a rape, totalmente cano y sin rastro del bigote de alacrán tan típico de Sinaloa.

La viveza en los ojos parecía que el encierro se la había despertado. Siempre estaba atento, viendo a todos lados –con aquellos ojos negros y chiquitos que parecían bailar y brillar desde lo hondo de sus cuencas–, siempre estaba como buscando algo más allá de donde él estaba. Solo dejaba de mover los ojos cuando se sumía en sus pensamientos, que era la mayor parte del tiempo. 

Se quedaba quieto, aspirando profundo y llevándose de un solo golpe todo el aire posible a sus pulmones.

“No son suspiros”, una vez le dijo a un preso que se atrevió a preguntar sobre el paradero de esa aspiración. “Es la forma en que el cuerpo detiene el alma cuando se le quiere salir”.

Ese era la filosofía de Rafael Caro en la cárcel.

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