Hay un viejo dicho que los españoles nos heredaron, además de la corrupción, que reza: “Poco dura la alegría en casa del pobre”.
Cuando los mexicanos nos damos cuenta de que podemos vivir con el hecho de ser un país que gana sin complejos y sin trampas, la realidad nos asalta rápidamente.
Tal como lo menciona el periódico que usted tiene hoy en las manos, la verdad es que el oro olímpico ganado a balonazos da una fotografía de lo que nos sucede como país. Si no fuera por esa medalla, México estaría rondando el lugar 40 de los 80 países que participaron, y no estaría situado entre los primeros 14 lugares que le corresponden por su dimensión de participación en la economía mundial.
¿Quién tiene la culpa de esta situación? Todos y nadie. Usted y yo, porque aguantamos todo. Se nos puede hacer cualquier cosa, a cualquier hora, con un costo muy pequeño o, incluso, sin que nadie pague nunca nada.
¿A quién le pedimos cuentas ahora? A todos. A los gobernantes que se van, porque una vez más nos dejaron más pequeños que cuando llegaron. A los gobernantes que vienen, que nos prometen y prometen. Aunque no, ahora no están prometiendo mucho, les basta con ir apagando incendios y hacer que el lento transcurrir de los días y la propia evolución de la sociedad mexicana nos adormezcan hasta que pueda empezar el glorioso sexenio peñista.
Porque no olvidemos que lo importante es la esperanza. Es más, como bien dice el director de “Hunger Games”, Gary Ross, solo hay un sentimiento superior al del temor, el de la esperanza.
Los mexicanos somos un pueblo con esperanza. La esperanza de que, al final del día, todos nos comportemos como la selección de futbol que el sábado le ganó a Brasil. Es decir –según palabras de su entrenador Luis Fernando Tena–, que seamos una selección sin complejos ni trampas, que demuestre que trabaja.
Al maestro Agustín Basave le debo mucha sabiduría, pero especialmente el haberme explicado la diferencia que existe entre dos tipos de grandes jugadores mexicanos.
En un grupo estaría gente como Javier Hernández “Chicharito”, que siempre llega antes que los demás a los entrenamientos, trabaja y practica todos los días, y cuando se acaba el entrenamiento, sigue entrenando, entrenando y entrenando. Es un mexicano que sabe que además de encargar su suerte a la Virgen de Guadalupe, debe echar sobre sus espaldas el esfuerzo permanente, porque no habrá casualidades que le hagan anotar goles.
En el otro grupo estarían los jugadores quizá más geniales que él. Con un toque de balón increíble, que tienen o necesitan la “mano de Dios” o el “pie del diablo” para meter goles. En cualquier caso, este tipo de jugadores saben que no hicieron todo lo que estuvo en sus manos para ser los mejores.
¿Y por qué escribo esto?, ¿a santo de qué? Definitivamente quiero ser, estar, pertenecer, a la selección que gana el oro, aunque en la realidad –lamentablemente– sea una excepción. Me parece que, como país, es una buena lección para el gobierno que llega. Como lo hizo Tena con la selección: que nos enseñe a ser un país sin trampa y con menos complejos, a ganar porque luchamos, trabajamos y entrenamos más. Quizá el gobierno podría enseñarnos con el propio ejemplo.
P.D. Las medallas olímpicas son de oro, tal como las que se ponen los militares.
Por cierto, ha comenzado ya el proceso de selección natural, ya no del próximo general secretario, sino de quién sobrevivirá al ajuste de cuentas –vía PGR– que están teniendo los militares de la guerra contra el narcotráfico.









