En esta tierra no hay víctimas, tampoco corrupción, no hay cabida para los malos policías y mucho menos para el narcotráfico. En este lugar sólo pasan cosas buenas. Se ayuda a los viejitos, a las madres desprotegidas y se atiende a los jóvenes.
Es “Manceralandia”, la capital prometida por el candidato del PRD, Miguel Ángel Mancera Espinosa.
El término que durante el segundo debate de los candidatos al GDF, empleó la aspirante de Nueva Alianza, Rosario Guerra para mofarse del gobierno irreal del Distrito Federal que describe Miguel Ángel Mancera, no resulta tan ajeno.
Convencido a ultranza de la política social del gobierno perredista en la capital del país, el aspirante Mancera parece no darse cuenta de lo que diariamente padecen los capitalinos por las prácticas de corrupción en las dependencias y las clientelares que practica su partido.
Por eso es que en “Manceralandia” no hay cabida para las historias oscuras como las que él siempre negó, ocultó o simplemente no quiso ver a su paso por la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF).
El tiempo que Mancera Espinosa vivió en esa tierra, no se enteró que sus policías mentían con tal de sumar aprehensiones, lo que costó enviar a prisión a ciudadanos inocentes como la estudiante, Mariel Solís, quien en 2011 fue acusada de participar en el homicidio de un catedrático de la UNAM, Salvador Rodríguez y Rodríguez, quien al salir de un banco fue asesinado por resistirse a un asalto.
Por el simple parecido entre la estudiante y una mujer que aparecía en el video tomado por las cámaras del banco al que acudió la víctima, Mariel Solís fue enviada tras las rejas.
En aquella ocasión, el entonces procurador no se enteró de lo que Eduardo Adrián López Herrera, uno de los presuntos responsables detenidos por ese crimen declaró ante el Ministerio Público de la PGJDF:
“El día del homicidio del catedrático, quiero aclarar que la persona de nombre Iván y la persona llamada Mariel, realmente no tienen nada que ver en esto, ya que unos judiciales me presentaron varias fotografías diciendo que tenía que mencionar a esas dos personas como también responsables de ese homicidio”.
Pero al interior de “Manceralandia” se tejió otra historia perversa que llevó a Mariel Solís a prisión y la mantuvo bajo el escarnio público. Muy tarde, cuando el procurador despertó, pidió disculpas y la dejó en libertad.
Pero también ocurrieron otras historias.
Por años, Mancera Espinosa negó la presencia del narco en esa tierra que sólo él veía, mientras que en esta capital ocurría una sangrienta batalla por controlar el territorio de las drogas y su distribución.
Diversos cárteles del narcotráfico, los mismos que hoy tienen el territorio mexicano devastado, se disputaron zonas específicas de la ciudad de México, dejando su huella y mensaje a través de cartulinas y mantas abandonadas en puentes y junto a cadáveres.
Peligrosa negación permanente
Una y otra vez, pese a las fatales evidencias, Mancera Espinosa negó que el narco estuviera asentado en el Distrito Federal, donde sólo él veía una tierra distinta, libre de aprehensiones de capos y de ejecuciones.
De nada valieron las múltiples declaraciones de detenidos asentadas en averiguaciones previas de la dependencia que él encabezó en las que se refería la presencia y operaciones del narco en la capital. Esa realidad nunca existió para el ahora candidato.
“No tenemos ningún reporte de que se hubiera encontrado, se hubiera asentado el crimen organizado en el Distrito Federal, lo más es que hay algunos objetivos que llegan a estar en tránsito y cuando son detectados o se advierte la necesidad de operar, pues así lo hacen”, declaró a principios de 2011.
Otros tantos emplearon este mismo territorio para aquí llevar a cabo transacciones ilegales también producto del movimiento del mercado de las drogas.
Desde el 2010 la propia Procuraduría General de la República (PGR) advertía de la presencia de células de la Familia Michoacana en la delegación Iztapalapa.
Bajo los nombres de “La otra administración”, “La Empresa”, “FM” y “La Resistencia”, el grupo delictivo hizo presencia en diversas delegaciones de la capital como Iztapalapa, Gustavo A. Madero, Tlalpan y Magdalena Contreras.
El testimonio de Enrique Salgado Huerta, miembro de la Familia Michoacana detenido por las autoridades federales, reveló dónde y cómo operaba el grupo delictivo en el Distrito Federal.
“Conocí a Lázaro Cervantes Ramírez, en el municipio de Arcelia, Guerrero y él me invitó a trabajar en la organización de la Familia Michoacana en el Distrito Federal…mi función para la cual me contrataron era la de recoger el dinero de lo que se recaudaba de venta de droga en el municipio de Nezahualcoyotl, Texcoco y sus alrededores.
“Ya que recogíamos el dinero nos íbamos para la casa de Mauritania 16, colonia Lomas Estrella en Iztapalapa, que era el lugar donde contábamos el dinero y lo empaquetábamos en bolsas de plástico Ziploc, ya que se reunía el dinero de todo un meso los guardábamos en un compartimento oculto o “clavo” de una camioneta”, declaró.
Muchos más, detenidos por la Policía de Investigación, antes Judicial, les dijeron claramente que venían de Morelos, Guerrero y Michoacán para encargarse de la plaza del DF pero el procurador capitalino se obstinó en negar su existencia.
Tal vez por ese estado de negación permanente fue que ocurrió uno de los episodios más oscuros de la historia reciente del secuestro en la ciudad de México: la muerte de la empresaria Yolanda Ceballos Coppel y dos policías judiciales, durante un fallido operativo para rescatarla de sus plagiarios.









