Por Jackson Diehl

 

En Rusia, nadie tuvo dudas sobre el resultado de la elección presidencial del domingo 4 de marzo. El triunfo de Vladimir Putin se dio por un hecho. Pero se especula mucho, y hay una gran incertidumbre, sobre lo que ocurrirá a partir del lunes, cuando Putin se prepare para iniciar un nuevo mandato de seis años.
 

La pregunta del momento en Moscú es: ¿cuánto tiempo durará en el poder?
No mucho, o por lo menos ése es el cálculo que hacen algunos de los portavoces más fervientes de la creciente oposición, quienes pronostican que aumentarán las manifestaciones postelectorales.
 

Análisis más conservadores señalan que Putin y su círculo podrían afianzarse en el poder un par de años, siempre y cuando decidan apaciguar a un público descontento implementando reformas políticas y económicas.
 

Los más pesimistas piensan que Putin puede sobrevivir los seis años de su mandato.

Pero, sin duda, no durará seis más de un segundo mandato, escenario con el que contaba el hombre fuerte de Rusia cuando anunció su intención de regresar a la Presidencia en septiembre de 2011.
 

Los rusos con los que he hablado en las últimas semanas expresan una idea común: la autocracia que dominó al país durante la última década ya está muerta. La única pregunta es qué sigue, y cuándo.
 

Se puede hacer una observación similar sobre otra dictadura grande y aparentemente estable: China. La muy bien orquestada visita a Estados Unidos que hizo en febrero Xi Jinping, la figura que seguramente heredará el poder que hoy ejerce Hu Jintao, estaba en consonancia con el plan del régimen para la tersa transición del poder que se dará el próximo año, luego de una larga década de reinado de Hu.
 

Sin embargo, los propios planificadores del gobierno chino dicen que el estancamiento político que implica esta transición es inviable. En un extraordinario informe escrito en colaboración con el Banco Mundial y publicado hace unos días, los tecnócratas del Centro de Investigación y Desarrollo del Consejo de Estado chino concluyeron que para sostener su crecimiento económico en los próximos 20 años, "es imperativo que China ajuste su estrategia de desarrollo", que incluye debates libres, establecer el Estado de derecho y abrir el proceso político.
 

Desde principios del siglo, Rusia y China han sido autocráticos, resistentes a la propagación de la libertad, a veces beligerantes hacia sus vecinos y cada vez más prósperos. Sus líderes suponen que esto continuará durante otra década, pero cada vez resulta más evidente que están equivocados.
 

Resulta interesante que Putin y su contraparte de Pekín saben de dónde proviene la creciente presión que se ejerce sobre ellos.
 

"Nuestra sociedad es completamente distinta de lo que era en el siglo 20", escribió Putin en un editorial que publicó The Washington Post el mes pasado. "La gente tiene cada vez mayor poder adquisitivo, es educada y más exigente. Los resultados de nuestros esfuerzos se traducen en nuevas demandas para el gobierno, y el avance de la clase media está por encima del simple objetivo de garantizar su propia prosperidad".
 

"China 2030", documento elaborado por el Banco Mundial y los planificadores del gobierno, dice: "Con una clase media en expansión y niveles de educación cada vez más altos, inevitablemente aumentará la demanda de una mejor gobernanza social, de más oportunidades de participación en el debate público y su implementación. Si no son satisfechas, estas demandas podrían acentuar las tensiones sociales".
 

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