Dice el refrán que a confesión de parte, relevo de prueba. Y Felipe Calderón está confeso. El presidente está arrepentido de profesar sus ideales políticos de juventud y que, después de tantos años de lucha, lo instalaron en Los Pinos.

Su confesión fue pública, ante los mexicanos más conspicuos de las ciencias y las artes. Lo hizo en un discurso en el que puso en evidencia que su llegada a la Presidencia fue accidental y que sofocó su espíritu opositor.

“Como yo en aquel tiempo era un furibundo opositor, antipresidente, antigobiernista (…), con las canciones de Óscar Chávez me pasaba un poco como con los artículos de Lorenzo (Meyer), que me encantaban (…) porque satisfacían ampliamente mi espíritu opositor”, dijo Felipe Calderón.

“Y ahora que Jean Meyer acaba de citar a Alejandro Rossi cuando entró al Colegio Nacional y dijo: ‘No tenía previsto estar aquí’. A mí me ocurre un poquito lo mismo. En aquel tiempo no tenía previsto estar aquí”, admitió el hombre que durante su campaña de 2006 siempre dijo que su sueño desde niño era ser presidente.

Pero su confesión fue más evidente cuando reconoció: “Y, desde luego, cuando yo cantaba apasionadamente esas canciones y cuando leía, también apasionadamente, estos artículos, nunca pensé que iba a estar del otro lado del mostrador. Así que créanme que ya he pagado suficientemente mi osadía de juventud”.

Con ese discurso, Felipe Calderón dejó en claro que su pensamiento de juventud por un México más democrático, que pusiera fin al presidencialismo, que acabara con la corrupción y con la impunidad, que dejara a un lado el amiguismo, el compadrazgo y el nepotismo, fue una “osadía de juventud”.

Y que ahora que está “del otro lado del mostrador”, que de idealista opositor pasó a ser pragmático presidente, cuando es cuestionado por no aplicar y hacer efectivos esos ideales por los que lucharon Manuel Gómez Morín, su padre Luis Calderón, su mentor Carlos Castillo Peraza, Luis H. Álvarez o Manuel Clouthier, la justificación es que nunca pensó que estaría donde está. Es decir, en Los Pinos, desde donde con un poco de voluntad y talento político, se pueden cambiar las cosas.

Con esta confesión, Felipe Calderón se admite como un accidente político, como alguien que tuvo la osadía de soñar con un México más libre, más justo, más próspero y más equitativo, como aspiraba con las canciones de Oscar Chávez y los artículos de Lorenzo Meyer.

Bajo esta visión del presidente accidental, puede entenderse hoy por qué su hombre de confianza, el hasta hace unos días secretario particular Roberto Gil Zuarth, salió a declarar que los precandidatos del PAN favoritos del presidente son Josefina Vázquez Mota y Ernesto Cordero. Porque el presidente quiere imponer el candidato, y su amigo, el ex secretario de Hacienda, no da para más.

Bajo esa misma óptica, puede explicarse por qué la cúpula panista le niega a Manuel “Maquío” Clouthier, el hijo del legendario panista que le disputó la Presidencia a Carlos Salinas de Gortari, la posibilidad de ser precandidato a senador por su natal Sinaloa. Sus críticas al desempeño presidencial fueron su pecado mortal. Además, apoya al precandidato rebelde, a Santiago Creel.

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