“La ruta que elegiste será afectada durante los Juegos Olímpicos.” Desde el 27 de julio hasta ahora no ha habido una sola vez en que el sitio de Transport for London no me lance esta advertencia cuando hago una búsqueda para moverme de un lugar a otro. Cuando llegué a vivir a Londres, hace un año y medio, me maravilló el servicio del sitio oficial del transporte londinense www.tfl.gov.uk donde basta teclear un punto de partida y otro de destino para obtener la mejor ruta disponible en transporte público y un mapa de la parte que hay que andar a pie. Si tuviera que elegir, en esta ciudad preferiría estar sin agua que sin smartphone –de cualquier modo, llueve mucho–.
Hoy, sin embargo, parece que no hay salidas ni opciones: no importa que quiera moverme de Greenwich –donde vivo y desde donde parte el célebre meridiano– a Green Park –donde vive la chica Bond más hot del momento, también conocida como Elizabeth II– o de Angel –donde está mi club gótico post-industrial favorito, Slimelight– a Westminster –sí, donde la abadía–, cada búsqueda arroja el mismo resultado: amigo, mejor no salgas.
¿Prevención justificada o exageración irresponsable?
Más o menos como cuando el brote de influenza llevó al Gobierno a declarar una especie de toque de queda en México, arruinando negocios por doquier, hoy son muchos los restauranteros y retailers que quieren quemar en leña verde al alcalde de la ciudad, Boris Johnson, por lo que consideran un golpe brutal a sus finanzas. Los londinenses han hecho caso a las recomendaciones oficiales de trabajar desde casa, salir lo menos posible o de plano emigrar temporalmente a ciudades menos congestionadas. El resultado ha sido que algunos comercios, particularmente los del lado oeste de la ciudad, han tenido el verano más flojo en años, mientras que los del este ¬–donde se encuentran el estadio olímpico y otras sedes de los Juegos– están en jauja.
Se nos prometieron colas de hasta media hora para poder abordar un vagón de metro, cada estación tiene un letrero que dice, por ejemplo, “Waterloo Station estará excepcionalmente congestionada en los próximos días” y se lanzó una campaña publicitaria donde se ve una caricatura de un jinete –con caballo y todo– bloqueando una escalera del metro. Pero entre toda la gente con la que hablas, el veredicto es unánime: no ha sido para tanto.
Lo que hemos visto
Entre que son peras o manzanas, siento que mi obligación es empezar a planear la ruta para llegar “con bien”, como diría mi abuela, al evento para el que tengo boleto: el pentatlón del domingo 12, último día de los Juegos Olímpicos. No espero la misma efusividad que el primero de agosto en Cardiff, cuando la pequeña ciudad y su pintoresco castillo se llenaron de mexicanos deseosos de que el Tri venciera a Suiza; tampoco creo que la sede del pentatlón resuene a la voz de “Cielito Lindo” ni el finísimo “….uleeeeeeeeros” que se escuchó más gracioso que de costumbre al ser expelido en medio de la flema europea ¬–me refiero a impasibilidad–.
Sí creo que en los dos días que restan de Juegos y en particular en el último evento al que iré volveré a vivir escenas que ya se han vuelto comunes:
El Brit pride a todo lo que da: Para estar viviendo una doble recesión económica, los británicos se ven bastante orgullosos de su identidad nacional. Tras bodas reales y jubileos, la representación de la historia británica entregada por Danny Boyle en la ceremonia de inauguración –para la que trascendió que las grandes luminarias incluyendo a Paul McCartney sólo cobraron una libra por su actuación– parecía ser lo único que faltaba para impulsar a los habitantes de esta islota a poner el Union Jack no digamos ya en los calzones, sino hasta en el glaceado de las galletas para el té, el pollo congelado y/o en los suetercitos de los perros (como el de una señora llamada Penny Stephens, que la semana pasada fue rescatado de ahogarse en un río por dos atletas australianos que estaban entrenando en las cercanías).
British Airways incluso se ha dado el lujo de lanzar una campaña que pide a la gente “No vueles. Quédate a apoyar al equipo Gran Bretaña”.
Soldados cuidando estadios: Tras el escándalo protagonizado por la empresa G4S, que fue contratada para proveer al equipo humano encargado de la seguridad en los Juegos y que dos semanas antes de iniciar la justa saliera con la batea de babas de que les estaban faltando más de tres mil elementos, el ejército tuvo que hacer su aparición para fungir como guardia olímpico. Las caras largas de los cabos se entienden si consideramos que venían regresando de Afganistán con maletas listas para irse de vacaciones, además de que el momento es particularmente sensible porque el Gobierno habla de recortes presupuestarios masivos en el sector militar. Están viendo y no ven…
Propaganda religiosa al por mayor: Parece que los asesores de marketing de algunos cultos consideran a los asistentes a eventos deportivos su público objetivo ideal. Primero por simple curiosidad y ahora ya con un afán casi antropológico, estoy coleccionando los folletos que me han dado South Grove Free Presbyterian Church, Team Islam, Assembly of God y el paradójico Jews for Jesus. Todos, eso sí, “customizados” para las olimpiadas. Si el estadio no va a Mahoma, Mahoma va al estadio.
Los juegos del transporte público: El primer ministro David Cameron llegó al Estadio Olímpico en metro, al igual que el alcalde y otros altos funcionarios. Supongo entonces que no debería sorprenderme el que hace un par de días la persona a la que le dije “sorry” en el “underground” tras darle un codazo accidental fuera miembro de la delegación olímpica suiza.









